- ¿Vamos a ver a Luca?
- No sé M, la verdad es que no me anima mucho ir hasta Avellaneda, además generalmente no me gusta visitar a la gente aunque esté viva. Tampoco sabría si llevar flores o ginebra. Aunque pensándolo bien las flores sobran.
- Vamos pana, para una vez que vengo a Buenos Aires…
- Está bien déjame pensarlo y luego te aviso. No me he movido casi por el sur y creo que sería interesante.
Al cabo de un par de días estábamos M, R y yo en Primera Junta, esperando el 85, previa compra de algunos chocolates, refrescos y caramelos en distintas tiendas del lugar, intentando reunir el cambio necesario para el colectivo. Nos costó reunir el monto, calculado en $ 1,40 por persona, debido a la escasez de monedas que vivimos en estos días en la Argentina.
- Tres hasta el cementerio de Avellaneda, por favor.
- Uno sesenta por persona.
- Coño M, se me había olvidado que subieron el pasaje a partir del primero de enero. Igual creo que nos está cobrando de más, pero no estoy muy seguro. Creo que tengo justo. Déjame ver.
Mientras, el chofer me miraba de reojo a ver si me alcanzaba el dinero y las otras personas de la fila movían las manos y daban golpecitos al suelo con sus pies expresando semi-silenciosamente la ansiedad de entrar al colectivo y enfrentarse de una buena vez a los casi cuarenta grados de calor del verano porteño.
- Vamos hasta atrás, a ver si tenemos suerte y nos sentamos pronto. Todavía tenemos un largo viaje.
- Ok. Vamos.
Efectivamente y gracias a alguna divinidad (Gauchito Gil, por ejemplo) pudimos sentarnos aproximadamente a la media hora de viaje.
El calor maximizándose gracias a la cercanía del motor y del mediodía, el fuerte olor a aceite, la canción de los Redonditos, el mareo y un mar de tatuajes de los Rolling Stones, me hicieron transportarme al “Further” de Ken Kesey.
Cuando al fin pude reaccionar me levanté y le pregunté al colectivero cuánto nos faltaba. Mirándome con cara de culpa por haberme cobrado de más (según mi opinión), me dijo que no me preocupara que él me avisaba y que todavía me quedaba un buen tramo. A partir de ese momento y mientras conversaba en segundo plano con los chicos, me dediqué casi exclusivamente a mirar el retrovisor del colectivo, pensando continuamente “¿cuánto falta?”
Después de haber perdido la noción de todo, escuchamos al colectivero por fin gritarnos con una voz bastante apagada:
- La próxima es el cementerio.
Muy alegres por haber llegado al camposanto, nos decidimos a buscar la tumba sin ningún tipo de ayuda, sólo guiados por el instinto de los viejos rockeros. Tras caminar unos cuantos metros en una dirección más que correcta, arribamos al recinto que alberga los restos del gran Luca. Ahí estaba, debajo de una inmensa piedra, humilde lecho.

Al final lo logramos, quizá hayamos sido los primeros venezolanos en visitar su tumba (ni hablar de Barquisimeto). Estuvimos un buen rato en su compañía. Me hubiese gustado verlo en concierto, pero ya no era posible. Mientras, me venía a la mente una y otra vez la frase “¡La pierna de mi abuela!”.